Una carta en un sobre encerrada,
llegó a sus manos, desde una afecta
a la remitente, carta perfumada
con la fragancia de una flor perfecta.
Con golpecitos dentro de su caparazón,
y una máscara de rojo mermelada,
sus manos en convulsión,
aceptaron la entrega inesperada.
El deseo con vuelo ultrasónico,
y la inocencia de los trece años,
infectaron en él, un amor platónico,
y un idealismo romántico de antaño.
Aquella estrella de belleza inusual,
doró luminosas expresiones,
qué él, en el silencio de su intimidad,
pintaba con lágrimas y emociones.
Su timidez creó un mundo amurallado,
fortaleza para sus lamentos,
arrepintiéndose de no haberle expresado,
cada uno, y cada uno de sus sentimientos.
Ya en el pasado duerme la carta,
y aunque perfume no desprende,
de custodiar los recuerdos no se harta,
y a los adultos, todavía sorprenden.
José Antonio Artés
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