sábado, 11 de julio de 2026

La fragilidad del amor

 

Nada podía demoler su hogar.
Lo habían levantado
con materiales de emociones,
más sólidos en apariencia
que el hierro y el hormigón.

 

Sus muros eran hechos de confianza,
sus ventanas daban a los sueños,
y bajo el mismo techo
la vida se creía a salvo
de toda tormenta.

 

Pero el tiempo, ese paciente observador,
descubrió unas grietas diminutas,
heridas que ninguno de los dos veía
y que, como termitas sordas,
roían los cimientos sin prisa.

 

Primero cambió la luz en las habitaciones.
Luego, el temple de las palabras.
Lo que antes saciaba sus almas
sin dejarles hambre
comenzó a saberles a poco.

 

Ya no bastaban las caricias,
ni la verdad desnuda de los días.
El mundo les tendía otros espejos:
el fulgor de las apariencias,
la admiración de los extraños,
la promesa de una vida
que siempre aguardaba en otra parte.

 

Y la casa de ellos,
con sus muros intactos,
se fue quedando sin eco.

 

Nadie habría jurado
que aquellos muros inexpugnables,
capaces de resistir el peso
de tantas estaciones y de tanto dolor,
pudieran derrumbarse
en silencio,
sin violencia,
antes incluso de librar
su última batalla.

 

No los vencieron la distancia,
ni el cansancio,
ni el lento oficio del olvido.
Los derribó algo mucho más frágil
y, sin embargo, más poderoso:
el instante en que sus ojos
dejaron de llamar hogar
a todo aquello que habían construido.

 

José Antonio Artés Sánchez

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