En la hora quebrada,
cuando el sueño se desgrana
entre alarmas, pasos, faroles dormidos,
el bus C2 abre sus puertas,
como un párpado gris sobre la ciudad.
Suben cuerpos, suben sombras,
sube el peso de lo no dicho.
Adentro, el silencio se acomoda
como un pasajero más.
Un niño se mueve inquieto
como si fuera una aventura.
Una señora abraza el teléfono
como si el bus fuera su nueva casa,
una extensión de su rutina.
Una pareja se mira con complicidad,
buscándose con los ojos
nerviosos y expectantes
El bus avanza,
como un pez de acero sin memoria,
sin saber por qué nada.
Las manos firmes en las barras
son ramas que resisten
la ráfaga diaria del "otra vez".
Cada parada, un mundo que se abre.
Cada asiento, una vida a medio contar.
Pero nadie pregunta.
Las historias laten
bajo el golpeteo de los neumáticos,
entre zumbidos de anuncios y ausencias.
Más tarde, el bus se desnuda,
liviano, sin urgencias.
Afuera,
una plaza duerme en sombras,
un banco bosteza a los pájaros,
una fuente repite su risa
como un eco sin testigos.
El C2 vuelve a ser lo que siempre fue:
una casa móvil de ausencias,
un corazón mecánico
que sigue latiendo
cuando ya nadie lo nota.
José Antonio Artés
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