jueves, 10 de abril de 2025

Aires

 

Hace tiempo que soplan
aires raros,
de esos que despeinan la memoria
y convierten la estupidez en tendencia,
con corbata y eslogan.


Todo se decide en una pantalla.
Un gesto mal ensayado
vale más que una idea.
Las fronteras ya no son líneas:
son palabras con almohadilla.


En la plaza,
los jubilados ya no discuten de fútbol.
Hablan del presidente
como quien recuerda al payaso
que se subió por error al trapecio.
Y nadie aplaude.


Mientras tanto,
los libros envejecen sin lectores,
los pactos se firman con emoticonos,
y los diplomáticos —pobres actores—
ensayan la sonrisa del miedo
en los pasillos de la calma rota.


No es rabia lo que siento,
es una tristeza antigua,
como si un adolescente gritara
con la voz cansada
de su abuelo.


Porque nos gobierna lo hueco.
Los fuegos artificiales.
Las frases vacías
que parecen profundas
si se pronuncian mirando al horizonte
con la luz adecuada.


Y los países,
como barcas de papel en un charco,
se empujan unos a otros
con la fe ciega
de quien cree saber a dónde va
solo porque alguien le sigue.


Soplan aires, sí.
Pero no del norte ni del sur.
Soplan desde dentro.
Desde las costillas rotas
del sentido común.


José Antonio Artés

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