Desde mi ventana,
la manzana, un cuadrado sin alma,
encerrada entre una geometría de cuatro muros.
Sus líneas quebradas murmuran crónicas,
pero un rascacielos, a lo lejos, se yergue insolente:
un obelisco blanco de metal y vidrio,
promesa vertical que fractura el azul del cielo.
Los cables se estiran en silenciosos acuerdos,
los muros se pliegan en un lenguaje que no invita.
Aquí no habita la nostalgia;
los ladrillos hablan en cifras,
en pesos que sostienen las estructuras,
en líneas diseñadas para evitar la grieta,
como si la vida pudiera fingir perfección.
Desde mi ventana observo el patio:
un engranaje trazado con exactitud.
Las ropas, ondeando sin resistencia,
no son banderas ni signos de lucha,
sino restos suspendidos, ajenos al viento,
cuerdas que resisten la erosión del tiempo.
El hábito avanza, siempre sutil,
descalzo entre las ventanas.
En los muros cuelgan ecos de historias,
reflejos que apenas encuentran luz,
pero que insisten en su mirada fija.
Desde aquí, todo es vértigo.
La ciudad, bestia de hambre insaciable,
sin dueño, sin tregua ni fin,
devora y se reinventa,
tejiendo su laberinto de formas y sombras.
José Antonio Artés
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