El reloj en cuarta campanada despierta,
su tic tac: las sombras largas y luces cortas.
El agua apunta sus manos entreabiertas
a las nubes, y a la tierra que la soporta.
Hojas solitarias apenan a su madre,
llorando sobre su pecho multicolor
entre copos racimos blancos del baladre
y los canosos hilos con su resplandor
Los troncos arropan la gélida frialdad
disparando finas flechas de la tristeza.
La sarracenia duerme en amnesia parcial
sin ese grato premio de la ansiada presa.
Los paños cubren de nuevo las armaduras.
La moqueta blanca cobija los festejos
con el brillo en los ojos que lucen ternura
deseando ilusiones, no solo consejos.
José Antonio Artés
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