En la ladera de un monte de algarrobos y pinos,
coronado por un castillo, y una casa blanca escarcha,
descansaba mi calle, con cuatro portales vecinos,
sin asfalto, con una pendiente que aligeraba la marcha.
Su tierra, maltratada por las secuelas del invierno,
y las lluvias primaverales que lloraban en sus adentros,
marcaban cada año las cicatrices en su rostro tierno,
esculpidas en estrechos, y cortos surcos abiertos.
A ella nos entregábamos, en los días veraniegos, lasos,
gratamente inmersos en la fantasía del juego infantil,
juego que practicábamos en el frescor del ocaso,
después de una siesta obligatoria, y quizá servil.
Mi calle era como un teatro, con escenas interiores,
de alegrías de los niños, y del disfrute de los mayores
en sus entrañables verbenas, con luces y colores,
sobresaliente en armonía, y la solidaridad, con honores.
José Antonio Artés
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